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Federico Leighton Puga

“Viajando antes que la ola”

El viernes 27 de abril de 2012, a los 74 años, falleció Federico. Sus amigos lo recordaron como un apasionado por la buena ciencia, riguroso y con una ética profesional intachable.

A Federico siempre le faltó tiempo. Dedicó a la ciencia más horas que a cualquier otro quehacer de su vida. Sus cercanos le reprochaban que no sabía priorizar. Sin embargo, fue su entrega lo que lo llevó a trabajar en la descripción de los peroxisomas y a ver una oportunidad de redirigir su interés científico hacia los antioxidantes y la alimentación, área en la que se convirtió en referente.

Federico manejaba desconsolado el auto de su padre hacia la bomba de bencina. No quiere entrar a economía, él quiere hacer ciencia. Sin embargo, su padre se negaba a pagarle la matrícula si no estudiaba lo que le había mandado. Federico bajó del auto y el bombero que había atendido siempre a la familia le preguntó:

- ¿Pero qué le pasa Federico, por qué esa cara?

•  Mi papá no me deja matricularme en la escuela de medicina, no me pasa la plata.

•  ¿Quiere ser médico?

•  No, yo quiero ser científico y esa es la única forma…

•  Dígame cuánto necesita, yo le paso la plata para que sea científico…

Federico logró cumplir su primer sueño: entrar a medicina para hacer investigación científica. El camino no siempre fue fácil. Como estudiante del Colegio San Ignacio del Bosque había sido “del montón”, sin destacar. Sin embargo, el último año decidió obtener un buen puntaje para entrar a la universidad y ser el mejor. Cuando se publicaron los resultados del bachillerato el profesor jefe de su curso le preguntó extrañado ¿Y qué pasó Leighton?

Federico había encontrado su camino y nada se iba a interponer.

La familia de su padre había desembarcado en Valparaíso directo desde Escocia. Por el lado de su madre corría la sangre de una familia chilena de tradición. Federico fue el regalón entre seis hermanos, ya que de niño tenía una enfermedad al pulmón. Era el protegido de su madre, Inés Puga, que le permitía regalías como comer jamón todos los días. De ella aprendió la sensibilidad para apreciar una bella melodía en piano, para mirar con asombro el entorno que le rodeaba, para disfrutar con la estética de la literatura japonesa.

Tomás Leighton, su padre, era ingeniero civil, uno de los primeros especialistas en minas y Decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile. De él, Federico aprendió el amor por la academia y la pasión por el nuevo conocimiento.

Con su puntaje en mano, tuvo que decidir en qué universidad estudiar. Pensó en el Alma Mater de su padre, pero por curiosidad fue a la Universidad Católica a investigar quiénes eran los que estaban haciendo ciencia en ese momento.

Se encontró con una escuela de medicina pequeña, con unos pocos alumnos interesados en dedicarse a la investigación en vez que a tratar pacientes. Sin embargo, había tres profesores que captaron su atención. Se entrevistó con el Dr. Joaquín Lucco, con el Dr. Héctor Croxato y con el Dr. Luis Vargas y se convenció.

La impronta de ellos era hacer ciencia de la máxima calidad posible, sin transigir en ninguna circunstancia. La efervescencia que existía en la pequeña comunidad de científicos era contagiosa y existía una voluntad colectiva de hacer ciencia contra viento y marea. Esto impresionó hondamente a Federico. Él quería pertenecer a la Universidad Católica y trabajar con esos maestros de la ciencia.

Federico se presentó a dar su examen de admisión, con su pelo engominado y el semblante tranquilo que no dejaba ver la inseguridad que sentía en el momento. Habló de forma categórica, como lo hizo siempre, más por inseguridad que por soberbia y destacó en el auditorio. Juan de Dios Vial, un joven profesor que estaba en la comisión, comentó con sus compañeros que a Federico no había que dejarlo ir, que se notaba que tenía una inteligencia superior.

Al poco tiempo de iniciar sus estudios ya era el ayudante del Dr. Vargas en el laboratorio de fisiopatología. Complementaba su amor por la ciencia con un liderazgo natural, dado por la pasión que le entregaba a lo que hacía. Esto lo llevó a ser el presidente del Centro de Alumnos de Medicina, y a organizar trabajos sociales para ir a ayudar en Valdivia, después del terremoto de 1960.

Al pasar por el laboratorio de Federico, era común verlo desarmando máquinas. Le encantaba pasar horas en ello, se sentía en casa. Los detalles mínimos del quehacer científico le gustaban tanto como las cosas relevantes. Esa pasión lo motivó a nunca dejar de hacer ciencia, incluso cuando en 1973 se redujo en el país los fondos destinados a investigación, él emigró a Bélgica y a Noruega para mantenerse activo. Sin embargo, trabajar en Chile y hacer escuela en el país siempre fue su prioridad.

En la PUC, durante la década de los 60, conoció a su primera mujer, María Cristina Munizaga, y con ella tuvo cuatro hijos: Francisca, Federico, Susana y Pía. Ese sería el origen de los 10 nietos, que hasta el final adornaron su protector de pantalla.

Al egresar, como era un estudiante destacado, obtuvo la Beca Rockefeller y partió a la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans, junto a toda su familia para aclimatarse a su vida en Estados Unidos. Un día recibió una carta del Dr. Juan de Dios Vial en la que le contaba que un investigador llamado Cristian De Duve había dado una conferencia en Chile. Mientras lo escuchaba no podía dejar de pensar “Este es el camino lógico para una persona como Federico” . La carta terminaba animándolo a postular para investigar con él en su laboratorio en Nueva York. Federico lo hizo.

Junto al Dr. De Duve trabajó en el fraccionamiento subcelular, comprobando que existían diferencias entre los lisosomas y los peroxisomas, describiendo a este último organelo como un sintetizador/destructor del agua oxigenada. Esta demostración dio validez a los trabajos de De Duve y le valió al maestro el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en el año 1974.

El devenir científico de Federico fue intenso: de la caracterización de los peroxisomas comenzó a estudiar la oxidación de los ácidos grasos. En el año 1992, Federico vio la película americana Lorenzos Oil , que narraba la lucha de dos padres para curar con una mezcla de ácidos grasos a su hijo Lorenzo, quien padecía el Síndrome de Zellweger, enfermedad genética caracterizada por la escasa producción de peroxisomas. Inspirado por el relato de la vida real, decidió estudiar los aceites marinos nacionales. En esa investigación, se dio cuenta que sin antioxidantes, los aceites se ponían rancios. Ahí nació su interés por los radicales libres y la oxidación.

Federico encontró en el vino una gran cantidad de antioxidantes e informándose sobre los trabajos que se estaban realizando en el mundo, se volvió el gran impulsor de la dieta mediterránea en Chile, virando desde la ciencia básica a la aplicada. Convencido, fue a hablar con las grandes empresas para intervenir los casinos y cambiar la dieta de sus empleados.

Su gran problema era que le apasionaba tanto el trabajo que siempre dejaba poco tiempo para las otras cosas. Su familia le insistía que parara, que dedicara algunas horas para si. Él sentía que nadie lo entendía: cuando estaba en su laboratorio, cuando estaba haciendo ciencia, él estaba haciendo lo que más le gustaba con su tiempo.

“Para hacer las cosas en ciencias hay que tener una tabla y una ola. No hay que ir nunca antes de la ola ni después de la ola, porque las cosas no funcionan, hay que andar con la ola”, solía decir Federico a Rosita Kornfeld, la mujer con quien compartiría los últimos años de su vida . Sin embargo, él andaba siempre antes de la ola .

Cuando nadie hablaba de los antioxidantes, Federico hacía los arreglos para investigar en conjunto a empresas vitivinícolas las propiedades del vino. Cuando Federico hizo pública la alarmante prevalencia del Síndrome Metabólico en la población chilena, los nutricionistas lo tildaron de exagerado. Cuando empezó a buscar financiamiento en las empresas a través de sus investigaciones aplicadas, muchos colegas lo criticaron por abandonar la ciencia básica. Aunque lo disimulaba, las críticas le herían profundamente y en su fuero interno le costaba perdonarlas.

Otra de las características de Federico era ser un gran gestor: no les gustaba seguir los protocolos, sino solucionar problemas. Gestionó la construcción de algunos de los edificios de la Facultad de Biología; Gestionó proyectos innovadores que permitió a un gran número de investigadores financiar su práctica con fondos del PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo). Gestionó la creación del Centro de Enfermedades Crónicas; y durante los años 70, fue el gestor y el motor del primer programa de doctorado en biología celular, uno de los primeros que existió dentro de la universidad.

Federico, quien se identificaba con el ideal de fondo de una universidad, que formara personas y configurara vidas humanas en torno a la ciencia en su nivel más exigente y más útil, instauró en 1972 junto a una comisión un programa de doctorado y propuso un salto cualitativo de la docencia, profesionalizando en la PUC la forma de hacer ciencia. Su programa partió con 4 o 5 alumnos. Hoy ya supera las centenas.

A Federico siempre le atrajeron los desafíos grandes y convencido de que estaba en sus manos la posibilidad de hacer algo, dedicó los últimos años de su vida a dar la pelea por sensibilizar a los chilenos sobre la necesidad de alimentarse bien y llevar un vida sana. Con entusiasmo buscó aliados para comunicar su causa y aspirar a una población más alegre, más saludable y más positiva. Ahora le toca a los chilenos tomar la ola y hacer algo al respecto.

 

 

     
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